Ciencia con espiral de limón

Science with a (lemon) twist
BLOG EN RECESO TEMPORAL
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miércoles, 15 de febrero de 2012

En inglés la vida es más sabrosa

El lenguaje es un instrumento de comunicación social que ha evolucionado de forma paralela a otros rasgos que nos hacen únicos. Es muy probable que mientras el lenguaje se modificaba poco a poco hasta su estructura actual, también evolucionaba nuestra tendencia a cooperar y nuestra capacidad de atribuir estados mentales a otros humanos.
De acuerdo con lo anterior, algunos investigadores se han preguntado hasta qué punto el lenguaje refleja la tendencia social que nos caracteriza, ya sea por la frecuencia de uso de algunas palabras o por el carácter positivo de las mismas. Los estudios llevados a cabo al respecto tienden a contradecirse entre sí: algunos muestran una tendencia al uso de palabras positivas y otros sugieren que la mayoría de las palabras que usamos tienen una connotación negativa.
En un estudio reciente se analizó la frecuencia de uso de palabras en muestras de tamaños comparables provenientes de Twitter, el New York Times, el Proyecto de Libros de Google y una serie de letras de canciones. Después, un grupo de voluntarios asignaron a las cinco mil palabras más frecuentes de cada fuente una calificación de acuerdo con el grado de “felicidad” que cada palabra les inspiraba (nada feliz, neutro y feliz). 
Imágenes tomadas de Wikimedia Commons. Varios autores (1, 2, 3 y 4).
Según sus resultados las palabras positivas fueron más frecuentes en las cuatro fuentes consideradas y, a pesar de que algunas palabras frecuentes eran comunes a todas ellas, algunas eran exclusivas de una de las fuentes (por ejemplo, “arcoiris” y “besos” para las letras de canciones).
Como era de esperarse, al analizar el nivel de “felicidad” algunas fuentes eran digamos “más estables emocionalmente”; tal fue el caso de las palabras frecuentes provenientes del New York Times y del Proyecto de Libros de Google. (Lo cual demuestra que no por nada tienen un cuerpo editorial).
Por otro lado, el hallazgo de una tendencia optimista en el uso de palabras en el idioma inglés no contradice la sugerencia de que las emociones negativas pueden no reflejarse en un estudio que considere la frecuencia de palabras, debido a que dichas emociones podrían fomentar el uso de palabras aisladas más potentes y variadas. En otras palabras, las emociones negativas podrían volvernos más creativos en el uso del lenguaje. Comprobar esto, sin embargo, requeriría de un estudio adicional.
De acuerdo con el sesgo optimista encontrado, los autores sugieren que el lenguaje podría caracterizarse, desde un punto universal, por su aspecto prosocial. En aras de la cooperación, el lenguaje podría tener una carga preferentemente amable u optimista. Esto puede verificarse llevando a cabo estudios similares en otros idiomas y dialectos donde, como en el estudio aquí comentado, se consideren diversas fuentes. En resumen, la sugerencia de que solo en inglés la vida sea más sabrosa, todavía está por verse.
Artículo de referencia:

ResearchBlogging.org
Kloumann, I., Danforth, C., Harris, K., Bliss, C., & Dodds, P. (2012). Positivity of the English Language PLoS ONE, 7 (1) DOI: 10.1371/journal.pone.0029484

viernes, 25 de noviembre de 2011

La ciencia detrás de “Crimen y castigo”


Crimen y castigo”, de Fiodor Dostoievski, es una de las novelas más aclamadas en la historia de la literatura universal. Algunos autores sugieren que dicha obra ha servido de inspiración en la creación de otras obras literarias, algunas igualmente famosas. Es posible que parte de la razón por la que algunas obras literarias nos llamen más la atención sea porque lidian –magistralmente- con dilemas sociales fundamentales.
Los conflictos de interés dentro de una comunidad son a menudo debidos al nivel de cooperación de los miembros de dicha comunidad; en algunos casos la falta de cooperación puede desembocar en un castigo ya sea en mayor o en menor medida. En consecuencia, los individuos podrían verse involucrados en una dinámica en el que uno busca información respecto al nivel de cooperación de otro mientras que este otro esconde dicha información.
El mejor medio para obtener información respecto a la conducta de alguien es, por supuesto, la observación directa. El chisme puede funcionar bastante bien, pero no hay como observar al egoísta con las manos en la masa. De hecho, en estudios recientes sobre cooperación en humanos se han incrementado los análisis en los que se toma en cuenta la interacción entre las variables “observar” y “ser observado”.
Recientemente, Bettina Rockenbach y Manfred Milinski del Instituto Max Planck en Alemania, montaron un experimento sobre cooperación en el que tomaron en cuenta varios ingredientes presentes en las interacciones sociales reales.
Para su estudio, utilizaron un “juego de bienes públicos” (public goods game) que es un experimento muy socorrido en estudios económicos. En dicho juego los participantes tienen una cantidad inicial de fichas (que equivalen a recursos) y en cada ronda deciden -de forma generalmente secreta- con cuántas fichas contribuir a un concentrado grupal de fichas. Este concentrado puede después ser multiplicado y luego repartido de forma equitativa entre los miembros del grupo. En una variante del juego los que contribuyen poco al bien común pueden ser “castigados”, por ejemplo, dándoles menos que al resto en la repartición final de bienes.
Jugadores de cartas. Pintura original de Theodoor Rombouts. Imagen tomada de Wikimedia Commons.
En el experimento de Bettina y Manfred los participantes podían tener dos roles: el de jugador y el de observador. En la primera ronda los observadores analizaban las estrategias de los jugadores y, en la segunda ronda, se integraban como jugadores después de haber escogido a los jugadores. Para dicha decisión tomaban en cuenta lo observado durante la primera ronda.
Los jugadores podían “pagar” para ocultar su contribución de los observadores, así como los castigos que sugerían para otros individuos. Los observadores también podían pagar por ocultar su papel de observadores. Dado que el objetivo del juego era maximizar el beneficio final, los observadores deberían estar interesados en seleccionar a aquellos jugadores que contribuyeran con más fichas al concentrado común.
Hubo una tendencia a que los jugadores ocultaran los castigos severos y sus contribuciones cuando eran bajas, pero exhibieran sus contribuciones altas. Los observadores tendieron a seleccionar a los jugadores que hicieron contribuciones altas, pero también a pagar por no ser vistos cuando observaban las contribuciones de dichos jugadores. Es decir, los observadores dirigían sus observaciones ocultas a los contribuidores generosos; como para cerciorarse de la frecuencia de sus contribuciones altas.
Como era de esperarse, la probabilidad de que un observador escogiera a un jugador dependió de la contribución de éste último al concentrado común. También, los castigos fueron dirigidos a aquellos jugadores que se caracterizaron por su tacañería. En otras palabras, los castigos fueron usados principalmente para “disciplinar” a los egoístas. Es interesante, sin embargo, que el uso de castigos no influyó en la selección de jugadores. Es decir, las actividades relacionadas con la aplicación de castigos no fueron decisivas para ser seleccionados en rondas posteriores.
Los resultados que desconcertaron a los autores fueron precisamente estos últimos: los relacionados con el castigo, ya que mientras los jugadores prefirieron ocultar cuando castigaban a otros jugadores de forma severa, los observadores parecieron no tomar en cuenta el nivel de los castigos en la selección de compañeros de juego.
En experimentos semejantes los castigadores podían incluso adquirir una buena reputación, lo que podía deberse a que los castigos, y/o la exhortación a cooperar lograda mediante los mismos, beneficiaban al bien común. Por lo que el hecho de que los castigadores fueran ignorados en el formato del estudio de Bettina y Manfred sugiere que los castigos y la reputación de los castigadores pueden ser percibidos de forma diferente dependiendo de las diferencias –incluso sutiles- entre los contextos sociales considerados.
No debemos olvidar que ya en “Crimen y castigo” Dostoievski, a través de sus personajes y la historia, hacía notar las diferencias en la percepción social de aquellos que merecían un castigo. Desde el punto de vista científico, estas diferencias de percepción señalan una dinámica bastante sofisticada en materia de cooperación y castigo.
Artículo de referencia:
ResearchBlogging.org
Rockenbach, B., & Milinski, M. (2011). To qualify as a social partner, humans hide severe punishment, although their observed cooperativeness is decisive Proceedings of the National Academy of Sciences, 108 (45), 18307-18312 DOI: 10.1073/pnas.1108996108

martes, 5 de julio de 2011

Convergencia social en el mar y la tierra


A lo largo de los últimos años, se han encontrado notables similitudes entre varios aspectos de la conducta social de los delfines y los chimpancés. Los cetáceos y los primates se encuentran a –más o menos- 95 millones de años de distancia evolutiva, por lo que pueden fácilmente ser considerados como grupos externos entre sí y ayudarnos a entender de mejor manera los caminos evolutivos que ambos grupos han seguido y por qué convergen en algunos aspectos.
Si pensamos exclusivamente en delfines y chimpancés, podemos mencionar las siguientes similitudes: en ambos grupos se ha descrito el uso de herramientas, alianzas entre machos, cortejo con coerción sexual y cacería cooperativa; además, en ambos casos se trata de especies con grandes cerebros, historias de vida lentas y que viven en sociedades fisión-fusión.
Sin embargo, también las diferencias entre ellos nos dan pistas acerca de las fuerzas evolutivas que han actuado sobre ambos grupos. Por ejemplo, tanto en delfines nariz de botella como en chimpancés, las hembras tienen relaciones mas débiles que las que se observan entre machos (aunque hay excepciones en algunos sitios de estudio), las madres con crías tienden a moverse solas y a asociarse menos con machos que las hembras sin crías y las hembras que no se encuentran en estro tienden a congregarse en grupos mas pequeños que las hembras en celo. A pesar de todas estas similitudes, las hembras de los delfines parecen tener vidas sociales más diversas y en general encontrarse en grupos más grandes.
Una probable explicación a esto último parece radicar en las diferencias en presión que la depredación ejerce en el mar comparado con la tierra: mientras que las hembras chimpancé pueden subirse a un árbol si un leopardo se acerca, las hembras delfín no tienen ningún refugio físico comparable. En el mar, los grupos grandes son tal vez el refugio más importante contra los depredadores y esto necesariamente repercute en las relaciones sociales de sus integrantes.
Fotografía tomada de Wikimedia Commons. Autor(a) desconocido(a).
En la mayoría de las especies de chimpancés son los machos los que se quedan en su territorio natal, mientras que las hembras se dispersan durante la adolescencia. Esta puede ser una de las causas por las que los machos de este tipo de primates tienen lazos más estrechos entre sí. Además, los grupos de los chimpancés son semicerrados y los territorios son defendidos y en algunos casos muy ferozmente. En los delfines –en cambio- no existen “reglas” claras de dispersión, en consecuencia la sociabilidad es mayor entre machos y hembras, y dado que tampoco existen límites territoriales las redes sociales existan de forma más continua y abierta.
Por otro lado, tanto los delfines como los grandes simios son los felices poseedores de cerebros grandes, lo cual está relacionado con una cognición social compleja así como con historias de vida lentas. Es decir, ambos grupos tienen cierta sofisticación en sus relaciones sociales y en sus formas de resolver los retos sociales, y en ambos grupos los individuos atraviesan por etapas prolongadas a lo largo de su vida (como la infancia y la adolescencia) durante las cuales el aprendizaje parece ser una cuestión muy importante.
Es interesante que los cerebros grandes parecen estar presentes en aquellas especies con historias de vida lentas y cierta sofisticación en su cognición social, como los delfines y los grandes simios. Al respecto, como la asidua lectora o lector recordarán, en este blog hemos hablado de la discusión existente respecto a si será el medio social (hipótesis de la inteligencia social) o el ambiental (hipótesis de la inteligencia ecológica) el que ha servido como presión principal en aquellas especies que han evolucionado cerebros grandes.
Algunos especialistas coinciden en que en algunos casos probablemente no haya sido una presión más fuerte que la otra, si no que ambas hayan actuado de forma conjunta para impulsar en una espiral la evolución de la sofisticada cognición social que observamos en ciertos grupos.
Este podría ser el caso si pensamos tanto en los delfines como en los grandes simios. Los chimpancés, por ejemplo, tienen que ubicar los árboles de las frutas de las que se alimentan. Para ser exitosos en ello es necesario que cuenten con un mapa mental de los árboles disponibles así como el estado de maduración en el que se encuentren los frutos en cada uno de ellos. Los delfines, por otro lado, podrían no tener que preocuparse por algo similar pues peces en el mar hay muchos, pero podrían en cambio estar más preocupados por la ubicación de los depredadores como orcas y tiburones.
Fotografía tomada del Primate Info Network. Autor(a) desconocido(a).
Uno podría argüir que otras especies enfrentan retos similares en términos de forrajeo o depredación. Por lo que para poder entender mejor las semejanzas y diferencias entre los cetáceos y los primates y la fuerza que cada factor pudiera haber ejercido durante su evolución es importante contar con más información respecto a su ecología y sus habilidades cognitivas. De ser posible, seria muy útil que los métodos de estudio de estas especies fueran semejantes para que las comparaciones pudieran llevarse a cabo de forma más confiable.
Los estudios comparativos entre animales con cerebros grandes lucen cada vez más atractivos en términos de lo que pudieran contribuir a nuestro entendimiento de la evolución social. Otros estudios señalan semejanzas entre los cachalotes y los elefantes, por lo que los grupos que pudiéramos utilizar para los estudios comparativos parecen ir en aumento.
Artículo de referencia:


ResearchBlogging.org
Pearson, Heidi C (2011). Sociability of female bottlenose dolphins (Tursiops spp.) and chimpanzees (Pan troglodytes): Understanding evolutionary pathways toward social convergence Evolutionary Anthropology, 20, 85-95 : 10.1002/evan.20296

martes, 25 de enero de 2011

Los niños con los niños, las niñas con las niñas


Los grupos compuestos por únicamente niños o niñas son comunes en prácticamente todas las culturas humanas y también se ha observado esta tendencia en algunos vertebrados, incluyendo ungulados, peces y grandes simios.
El hecho de que, en humanos, la segregación sexual en juveniles se observe transculturalmente sugiere la existencia de una base biológica para dicho patrón. Recientemente, Anthony D Pellegrini de la Universidad de Minnesota publicó una revisión respecto a la segregación sexual en juveniles humanos y el papel que la actividad física puede tener en ella. Su revisión fue publicada en la revista Behaviour.
Niños de Zanzíbar. Fotografía de Fanny Schertzer tomada de Wikimedia Commons.
 La segregación sexual en humanos se observa desde el segundo año de vida, se incrementa durante la etapa preescolar y continua hasta la preadolescencia. Se ha visto que las niñas tienden a formar grupos con otras niñas a una edad más temprana que los niños. Lo cual, puede deberse simplemente a que las primeras maduran mas temprano que los segundos.
En la adolescencia este patrón de agrupación cambia debido al despertar sexual de los adolescentes y el interés de un porcentaje de ellos en establecer relaciones con los miembros del sexo opuesto.
Para poder abordar el estudio de la segregación sexual juvenil desde un punto de vista científico y hacer predicciones concretas al respecto es necesario tener un sustento teórico. Anthony propone que la teoría de la selección sexual puede proporcionar dicho sustento.
Por ejemplo, las diferencias en tamaño observadas entre machos y hembras (dimorfismo sexual) y la competitividad observada entre machos pueden explicar las diferencias en actividad física y, en consecuencia, la segregación sexual observada. Algunos estudios sugieren que los patrones de actividad física responden a las diferencias en tamaño observadas: en individuos de la misma edad aquellos con mayor estatura requieren mayor actividad física para que el desarrollo esquelético y muscular sea el adecuado.
Por otro lado, recientemente se ha enfatizado el papel que la competencia intrasexual en hembras tiene en la segregación sexual. Es decir, mientras que los machos tienen una tendencia a desarrollar habilidades físicas –y eso podría facilitar su agregación en grupos de mayor actividad física-, las hembras en cambio podrían disminuir su actividad física si existiera cierta presión para que desarrollaran otro tipo de habilidades, como aquellas relacionadas con el mantenimiento de relaciones sociales cercanas y habilidades comunicativas.
Por otro lado, Anthony arguye, que un aspecto importante dentro de la teoría de selección sexual es la influencia que el nicho ecológico tiene sobre la expresión de cualquier fenotipo (morfológico, conductual, cognitivo, etc.). De especial importancia en el caso de la segregación sexual juvenil es el hecho de que las experiencias tempranas durante el desarrollo alertan al organismo respecto a las características del ambiente dentro del cual se desarrollará. Por lo tanto, la información recibida y asimilada durante las primeras etapas del desarrollo deberían –en teoría- ayudar a los individuos a maximizar su adaptación al nicho dentro del cual crecerán y se reproducirán.
Pero la cosa no es tan sencilla como “los niños con los niños y las niñas con las niñas”, también podría esperarse cierta dinámica entre los sexos dependiendo de las variaciones individuales en los niveles de actividad física en ambos sexos. Por ejemplo, las niñas particularmente activas podrían unirse con mayor facilidad a un grupo de niños. Sin embargo, ciertas presiones de socialización podrían contribuir a la exclusión de dichas niñas de los grupos de niños. Las niñas activas entonces podrían intentar integrarse a un grupo de niñas de nivel de actividad promedio, pero dado que sus niveles de actividad no permitirían una integración adecuada las niñas activas podrían entonces conformar un grupo –de puras niñas- aislado de otros grupos de niños y niñas.
En consecuencia, los patrones de segregación son el resultado de una relación dinámica entre aspectos biológicos (como el temperamento y la actividad física) con otros aspectos de la socialización (como el papel que juega el estatus de ambos sexos dentro de un grupo social). De acuerdo con lo anterior la actividad física –por sí sola-  no parece originar la segregación, si no que únicamente parece facilitarla en ciertas etapas de la integración grupal.
Otros factores influyen en los patrones de segregación como son el nivel nutricional y, sorprendentemente, los sistemas de apareamiento imperantes en un grupo social.
La nutrición parece ser un factor muy importante. Se ha visto que la estatura es un carácter altamente heredable pero además altamente dependiente del nivel nutricional de la madre durante la etapa gestacional. Es decir, en ambientes con estrés alimenticio las madres tienen hijos de menor tamaño, particularmente cuando éstos hijos son varones. En consecuencia, en ambientes pobres nutricionalmente hablando se esperaría una diferencia menor entre el tamaño de niños y niñas y, en consecuencia, en sus niveles de actividad y los patrones de segregación.
En un estudio llevado a cabo ya hace varios años, donde se comparó un grupo con monogamia ecológicamente impuesta (los Lapps de Noruega), un grupo poligínico (los árabes Beduinos) y otros grupos culturalmente monogámicos (como muchas de las sociedades occidentalizadas), se encontró que el grupo donde la monogamia estaba ecológicamente impuesta existía un dimorfismo sexual menor comparado con los otros grupos. Era también en este grupo donde el esfuerzo de ambos padres era indispensable para la crianza exitosa de los hijos. Por lo tanto, el dimorfismo sexual observado en grupos humanos es una combinación de la influencia de las condiciones ecológicas y el sistema de apareamiento preponderante.
Desde luego, en las sociedades humanas la facilitación y el reforzamiento social para el desarrollo de ciertas actividades físicas específicas para cada sexo es también un factor importante. Y esto podría no solo ser cierto respecto a las actividades físicas impuestas para ambos sexos. Anthony sugiere en su revisión que en aquellas sociedades donde existe una mayor equidad en los roles de los padres y madres -en cuanto a la provisión de recursos y el cuidado de los niños- entonces se esperaría que los juegos de los niños y las niñas fueran menos divergentes y que, en consecuencia, se observara una mayor incidencia de grupos mixtos y una menor segregación sexual.
En apoyo a esta hipótesis, en un estudio se encontró una menor segregación sexual en escuelas que específicamente trabajaban para reducir los estereotipos de los roles sexuales. Sin embargo, es interesante notar que cuando las recompensas para lograr lo anterior se eliminaron los preescolares volvieron a formar grupos conformados predominantemente por niños o niñas.
Diversos factores parecen influir en la segregación sexual en humanos juveniles y mezclarse entre sí. Aunque la selección sexual pueda ser un factor importante muchos otros factores de diferente índole parecen influir en los patrones y las dinámicas observadas. La investigación sobre este tema sin duda nos proporcionará información con alcances mayores a la mera curiosidad científica, como aquellos relacionados con la equidad de género.
Adolescentes. Fotografía de Jurek Durczak tomada de Wikimedia Commons.
Artículo de referencia:
ResearchBlogging.org

Pellegrini, A. (2010). The role of physical activity in the development and function of human juveniles' sex segregation Behaviour, 147 (13), 1633-1656 DOI: 10.1163/000579510x535262